La historia completa · Veronica Morera
Del psiquiátrico a fundar Minimalismo Lujoso
Capítulo 01
Encajar
“Su hija es superdotada”, dijeron en el colegio.
“Nos gustaría pasarla a un programa para niños excepcionales.”
Mi mamá ni se inmutó.
Lo de superdotado venía de familia. A mi papá le habían puesto la misma etiqueta, y más tarde la de “genio”, pero se pasó la vida tratando de pasar desapercibido.
Yo, en cambio, no sabía hacerme la normal.
Yo era la niña rara que no aguantaba sentada en clase, que hacía demasiadas preguntas difíciles y que se abrumaba con las luces blancas del salón y la charla aburrida que te hace bostezar. A los cuatro años ya leía y escribía, y a los ocho tenía teorías sobre cómo se comportan las células.
Quería encajar. Nada más no sabía cómo.
Pero mis papás dijeron que no al cupo. Estaban convencidos de que un colegio lleno de “niños superdotados” iba a empeorar las habilidades sociales que ya yo tenía agarradas con pinzas.
Al poco tiempo recogimos la vida que teníamos en Miami, donde me crié, y nos mudamos a Venezuela, donde la palabra superdotada ni existía. Allá eras “normal” o eras “problemática”. No había punto medio, ni programas especiales, ni etiquetas que explicaran por qué tu cerebro funcionaba distinto. Nada más un acuerdo silencioso: era más seguro no llamar la atención.
Y ahí pasó: la primera vez que me sentí bruta.
En Venezuela, mi español era de primer grado aunque yo estaba en sexto.
Un día, mientras me trababa tratando de pronunciar la erre y leer un párrafo en voz alta, la maestra soltó el aire, como si lo hubiera estado aguantando, y dijo: “Es que pareces Tarzán”. Todo el mundo se rió. Yo no quería estar ahí. Algo se me quebró por dentro ese día.
Desde ese día aprendí otro tipo de inteligencia: cómo desaparecer.
Cómo tragarme las ideas en vez de decirlas en voz alta.
Cómo hacerme chiquitica en sitios donde ser distinta se pagaba caro.
Yo seguía queriendo hablar, cuestionarlo todo, que me escucharan, pero entendí que era más seguro perderme en el ruido.
Capítulo 02
Perdí la cabeza
Ir al colegio se volvió un ritmo gris de “tengo que hacer esto, pero no sé para qué”. Los días se empezaron a mezclar, un solo borrón de timbres, profesores y bulla de cafetín.
El colegio, que antes era un sitio para la curiosidad, pasó a ser el sitio donde siempre me elegían al final en el recreo, donde no tenía con quién sentarme en el recreo y donde empecé a recibir el mensaje de que a lo mejor yo venía dañada de fábrica.
Así que empecé a juntarme con las muchachas que se encerraban en el baño a fumar y a tomar, y que competían a ver quién vomitaba más y quién tenía la cintura más chiquita.
Poco después empecé a autolesionarme, y ahí fue cuando mis papás me llevaron a una psiquiatra.
Me acuerdo del reloj en ese consultorio. Hacía tic tac y ese cuarto blanco y frío se sentía todavía más estéril. Yo me sentía todavía más fuera de lugar.
¿Por qué le iba a contar a una desconocida, alguien que no tenía ni idea de lo que era ser yo, mis pensamientos más profundos, nada más para que me pusiera un sello?
Ahí aprendí a cargar, con trece años, palabras pesadas como bulimia y bipolar, y a esconderlas como venía escondiendo quién era yo de verdad desde que tengo memoria.
Sentía un hueco por dentro, oscuro, sin fondo.
Había días en que quería desenchufar todo y reiniciar este videojuego que llamamos vida. Podía pasar de rachas sin dormir, llenas de creatividad e ideas locas sobre la mente, a días en que sentía cadenas en los tobillos que me arrastraban hacia abajo. Estaba perdiendo el piso, y sentía que el sistema médico tradicional no me estaba ayudando.
Aun en medio de esa neblina, de milagro entré a Medicina en la Universidad Central de Venezuela, pero me cambié a Nutrición y Dietética porque no soportaba la idea de las guardias de hospital, y porque pensé que a lo mejor, si aprendía suficiente sobre la comida, dejaba de vomitarla.
Cuando me gradué, caí en cuenta de que eso no es lo que hacen los nutricionistas (curar trastornos de la conducta alimentaria). Así que apliqué a la University of British Columbia para estudiar Psicología, con la esperanza de ayudarme por ese lado. Me aceptaron, y ahí fue cuando exploté.
Ya no tenía a mis papás vigilándome y podía hacer lo que me diera la gana. Las conductas peligrosas que antes tenía que esconder ahora estaban sueltas, sin nada que las frenara: mezclar pastillas con alcohol, autolesionarme de una forma tan grave que después me quedaron quemaduras y cicatrices que necesitaron tratamientos con láser para sanar, y fantasear todo el tiempo con lanzarme de un edificio o frente a un tren.
Pero por otro lado, me encantaba aprender. Entré al club de artículos científicos de UBC y los profesores me felicitaban por mis teorías e investigaciones sobre anorexia, bulimia y psicosis.
También me había conseguido un novio, lo suficientemente buena gente como para pasarla bien, y por un tiempo eso pareció ser algo.
Pero cada día que pasaba sentía más y más que todo era falso, aunque siguiera al pie de la letra lo que decían los médicos. Empecé a olvidarme de quién era y de para qué estaba haciendo todo esto. Había un jaleo por dentro, y ganó el lado oscuro.
Un día me presenté en los servicios estudiantiles y lo solté todo, como si las costuras por fin hubieran reventado y ya no pudiera aguantar más. Todavía me acuerdo de la cara de la señora; quedó en shock con lo que le confesé.
De inmediato me mandó con el psiquiatra de la universidad, y ahí fue mi primera hospitalización psiquiátrica. Después de eso, las hospitalizaciones y las visitas a emergencia se volvieron mi nueva normalidad.
Vivía en un ciclo: alto rendimiento por fuera, rota por dentro, y después había que contenerme, volverme a medicar y darme de alta.
Me metía en clubes, hacía voluntariado, sacaba buenas notas, y de repente ya no. Desaparecía semanas o meses por otra hospitalización. Hasta me invitaron a una entrevista en Boston Medical School para hacer un posgrado, pero nunca llegué a la entrevista. Estaba adentro del pabellón, vigilada las 24 horas para que no me hiciera daño, escoltada a los exámenes para que no me escapara.
Supervisada todo el tiempo por mi propia seguridad.
Después de uno de mis intentos, me desperté en emergencia, desorientada, conectada a monitores. Casi me pasan a terapia intensiva por una sobredosis, pero me estabilicé y desperté. Aunque mi novio fue el que me llevó al hospital, no aparecía por ningún lado. Lo llamé y no contestó. Sinceramente no me acuerdo quién me lo dijo, pero después de eso no quiso estar más conmigo. Me dejó. Ni una llamada, ni un mensaje, nunca más me habló. Era una relación codependiente; él había estado conmigo en varias visitas a emergencia y esta fue la gota que derramó el vaso. Me sentí como mercancía dañada.
Terminé la carrera y me convencí de que cambiar de ciudad me iba a salvar. Así que dejé Vancouver atrás, buscando empezar de cero, y me mudé a Toronto.
Capítulo 03
Conocí al hombre correcto
Los hospitales se habían vuelto rutina para mí. Eran a la vez un consuelo conocido y un recordatorio aterrador de lo cansada que estaba de pelear.
Cada visita era volver a caer en la misma rutina de diagnósticos, más pastillas o pastillas nuevas, y tratar de bajar la suicidalidad lo justo para que me dieran de alta. Pero nunca se atendía la raíz. Nunca se atendió que yo era superdotada y lo escondía. Y simplemente nadie me escuchaba.
Durante años se me apretaba el pecho nada más de ver a un médico. Me acuerdo de uno que me dijo que lo que necesitaba era conseguir trabajo, un buen novio y algo que hacer. Otro me sugirió que solicitara una vivienda permanente. Esa era su manera de decirme tú no tienes remedio.
Así que aprendí a aguantar hasta que ya no podía más. Me quedaba callada, rendía lo suficiente para pasar por “bien”, y después colapsaba, casi me mataba tomando y terminaba otra vez en emergencia. Era un loop: aguantar callada, rendir, colapsar, repetir.
Entonces una amiga me presentó a un colombiano que me podía mostrar Toronto, y eso fue el comienzo de sanar de verdad.
No se inmutó cuando le conté que me acababan de dar de alta en CAMH, ni que todavía tenía cicatrices frescas en los brazos y un trastorno de la conducta alimentaria activo. No le atraía mi caos, pero tampoco salió corriendo.
Fue a un grupo de apoyo para familiares y amigos de personas con trastorno bipolar, pero volvió frustrado. “Hacen que todo el mundo suene frágil”, me dijo. “Tú no eres frágil. Estás peleando, y necesitas gente que crea en ti.”
Por primera vez, alguien no pensaba que yo estaba dañada sin arreglo ni que mi cerebro venía mal conectado. Tampoco pensaba que lo mío era “pura búsqueda de atención”. Lo vio como era: había algo peligrosamente mal que necesitaba atención inmediata, y teníamos que encontrar un camino que funcionara.
A los tres meses le propuse matrimonio. Unas semanas después, nos enteramos de que estaba embarazada.
El sistema médico tradicional no daba abasto para lo que necesitaba una futura mamá que no había estado estable desde los 13 años, así que me tocó resolverlo a mí.
Y ahí todo cambió, rápido y a lo bestia.
Capítulo 04
El eje intestino-cerebro
Yo vivía con un trastorno de la conducta alimentaria desde los 13 años.
Pero como siempre había emergencias más grandes (psicosis, depresión, suicidalidad), nadie lo atendió de verdad. Era ruido de fondo mientras todo lo demás se venía abajo. Tratar la comida o la imagen corporal se sentía como una nimiedad al lado de las guerras que tenía en la cabeza, como algo que se iba a resolver solo cuando arreglara lo urgente.
Pero ahora estaba embarazada. Por primera vez, lo que yo comía no era solo asunto mío. No quería que mi bebé naciera con bajo peso o enfermo, así que decidí buscar ayuda en colegas (nutricionistas, dietistas). Así sacaba mis propios sesgos de la ecuación y a lo mejor conseguía a alguien que viera algo que se me estaba escapando. La mayoría me dio los consejos de siempre: calorías, planes de comida y suplementos prenatales. Solo una, la Dra. Gabriela Pocovi, doctora en Medicina y Salud Pública, se detuvo y me dijo: “No te enfoques en las calorías. Sana el eje intestino-cerebro.”
Esa frase me cambió todo.
El eje intestino-cerebro es la autopista de comunicación entre el sistema nervioso entérico, en nuestros intestinos, y el sistema nervioso central, en el cerebro. Alrededor del noventa por ciento de la serotonina, el neurotransmisor ligado al estado de ánimo y a la regulación emocional, se produce en el intestino (Yano y colegas, Caltech, revista Cell, 2015). Lo que comes no solo alimenta tu cuerpo: le da instrucciones a tu cerebro. Define cómo te sientes, qué tan claro piensas y cuánto aguanta tu sistema nervioso bajo estrés.
Durante años traté mi mente como si estuviera separada de mi biología. Ahora, por primera vez, lo entendí: la mente es biología.
Y sanar tenía que empezar de adentro hacia afuera.
Decidí que, con supervisión médica, iba a dejar poco a poco la medicación que no me estaba ayudando, y que iba a armar una tribu de profesionales de la salud enfocada en sanar y no nada más en tapar.
Tapar era algo que yo venía haciendo desde esos primeros días de colegio. Estaba lista para descubrir quién era de verdad.
Capítulo 05
La ciencia del minimalismo
Mientras empezaba a reconstruir quién era, cambié el contar calorías por mañanas tranquilas en el mercado. Cambié el castigo por presencia. Me rodeé de una red poderosa de profesionales de salud integrativa y holística: naturópatas, terapeutas somáticos y psicólogos budistas que hablaban de impermanencia, ego y compasión de una forma que no se sentía de pose.
Desarrollé herramientas de regulación emocional que nadie me había enseñado. Empecé a aprender cómo se siente estar segura en mi propio cuerpo. Y por fin empecé a entender algo que había buscado toda mi vida: la sensación de pertenecer, no para los demás, sino a mí misma.
Pero sanar, aunque suene irónico, también te puede abrumar.
De repente todo era una regla nueva que seguir. Cada ingrediente era tóxico, cada forma de criar tenía su escuela, y cada decisión cargaba el peso de esto va a afectar a tu hijo para siempre. Estaba enterrada bajo la presión de ser la mamá perfecta, la pareja perfecta, la persona perfectamente sanada.
Hasta que una noche, desesperada por un poquito de claridad, me puse a ver un documental: Minimalism.
Al principio la idea casi me ofendió. Yo era de alto rendimiento; toda mi identidad estaba construida sobre la velocidad, el rendir, el estímulo y los resultados. Siempre había estado ocupada: estudios, trabajos, clubes académicos, negocios por fuera, fiestas, libros, cursos, ser inmigrante…
¿Minimalismo? Eso me sonaba a fracaso. A flojera. Paredes vacías. Cero ambición. Cero plata. Cero hacer. Y quizás lo peor: aburrimiento.
Y con mis tendencias obsesivas, “menos” tampoco era siempre sano. El orden se podía volver compulsión. Lo limpio se podía volver control. Yo no estaba buscando un problema nuevo.
Pero el minimalismo de verdad no es nada de eso.
No se trataba de tener 20 cosas ni de vivir en una caja blanca con un eucalipto en un florero de vidrio.
Se trataba de soltar lo que no me tocaba cargar, lo que estaba construido desde la vergüenza y lo que no me iba a acompañar al siguiente nivel.
La ciencia del minimalismo es invertir tu tiempo, tu plata y tu atención como invertirías en cualquier activo valioso: midiendo lo que te devuelven. Después los pones a funcionar juntos, no uno contra el otro, en un sistema que se pueda sostener. Cada parte o le suma a tu salud y a tus relaciones, o le sabotea el flujo a la vida que quieres, a tus prioridades, a tus sensibilidades y a tus gustos.
Significó limpiar mi cabeza, no solo el mesón de la cocina.
Significó simplificar mi rutina para dejar de aplaudir el estar quemada.
Significó escoger comida, gente, tareas e ideas que me devolvieran energía, y cortar las que me dejaban seca sin que me diera cuenta.
El minimalismo no era frío. Era sagrado.
Y me dio algo que nunca había tenido: permiso para estar más alineada, y para soltar la carrera por arreglarme o por ser perfecta.
Para criar con presencia, con las herramientas y capacidades que tuviera en ese momento y la intención de ir afinando.
Para armar una vida que no se mide por cuánto podía hacer, sino por cuánto estaba dispuesta a soltar.
Capítulo 06
Construir una empresa
Ser una inmigrante embarazada, sin familia cerca, significaba que para poder pagar mi sanación (nutricionistas, cursos, yoga, suplementos) yo trabajaba en un call center y mi esposo tenía un trabajo a tiempo completo con una hora de camino para ir y otra para volver.
Los viernes íbamos a Whole Foods, que para mí era como un templo de la riqueza, y en nuestra cita romántica comprábamos una porción de pizza para compartir. No nos alcanzaba para la pizza entera. Aun así, pocas cosas en mi vida se han sentido tan llenas de promesa como esa porción calientica. En un sitio donde una crema de pañal costaba más que lo que yo ganaba por hora, me susurraba a mí misma: “Un día voy a comprar aquí sin ver los precios.”
Cuando nació el bebé, no tenía ayuda. Ni guardería, ni red de apoyo. Eso quería decir que si quería trabajar, la plata tenía que salir de algo flexible, algo en línea.
Empecé a dar clases de inglés a niños en China, pero los horarios eran brutales y la paga no alcanzaba. Así que con cinco meses de embarazo monté mi primer negocio.
No tenía ni idea de lo que estaba haciendo, me faltaba estructura y los impuestos me parecían un problema de matemática que de seguro iba a raspar. Simplemente abrí Instagram y empecé a publicar sobre trastornos de la conducta alimentaria, el eje intestino-cerebro y la ansiedad.
Pensé que internet iba a explotar. No explotó.
Durante dos años hice cero ventas.
Así que en 2017 nos mudamos a un sótano en las afueras de Toronto.
Después a mi papá le diagnosticaron cáncer de próstata.
La plata no alcanzaba y no podíamos ayudar a pagar la cirugía y la radioterapia, porque él es venezolano y yo estaba preparando todo para patrocinarlos y traerlos a Canadá. Sabía que existía la posibilidad de no volver a verlo nunca.
Eso me prendió un fuego.
Ese sótano se sentía como tocar fondo.
Tenía que hacer que el negocio funcionara, pero no pasaba nada.
Y ahí volvieron los sueños con alcohol.
Llevaba años sin tomar, pero empecé a soñar que entraba a un bar y nada más olía un trago de ginebra. Era tan real que lo podía saborear.
El alcohol había sido una parte clave de mi forma de aguantar. De tratar de ahogar las voces, el miedo, el odio. Lo sentía como un amante que me hacía daño pero al que no le podía decir que no. “Uno más” era lo que venía haciendo desde los 13 años. Sabía que no sabía parar una vez que empezaba a tomar, y que mis ciclos se ponían graves apenas le daba el primer trago.
Ahí busqué en Google y entré a Alcohólicos Anónimos.
Pensé que eran unos exagerados. No creía que yo estuviera tan mal.
Pero los sueños siguieron dos meses. Así que volví. Esta vez hice el programa. Iba a reuniones dos veces al día, a veces dando pecho. Compartí. Escuché. Y paré la caída.
AA me rompió el ciclo.
Nunca más he soñado con alcohol.
Me dio la energía, la esperanza y la claridad para intentarlo otra vez.
Empecé a levantarme a las 4 de la mañana para montar mi página web (viéndolo ahora, era la web más fea del mundo), para grabar cursos mientras el bebé dormía, para estudiar copywriting y marketing digital. De noche, cuando mi esposo llegaba a la casa, trabajaba de 7 de la noche a medianoche. Todos. Los. Días.
Después, Victoria Lozada, una nutricionista muy conocida en España, me mencionó como referencia en trastornos de la conducta alimentaria. Gané 700 seguidores en un día. Fue la primera prueba de que mi voz importaba.
Ese empujón me llevó a estudiar el recorrido de la clienta y la venta basada en psicología. Relancé un curso (esta vez con más estrategia) y gané $500.
Publicaba todos los días y, a los pocos meses, logré llenar mi consulta privada y tener una lista de espera de 6 meses.
Ya estaba ganando entre $2.500 y $5.000 al mes y, con lo que ganaba mi esposo en su trabajo a tiempo completo, pudimos salir del sótano y mudarnos a un penthouse en Leslieville, un sitio que yo creía que era para otra gente, para otra vida.
Y ahora, por primera vez, sentía que iba bien encaminada, y de ahí en adelante todo empezó a rodar como una bola de nieve.
Escribí y autopubliqué un libro que vendió 250 copias en solo 48 horas y 6.000 ebooks con contenido orgánico en Instagram.
Construí una escuela de salud mental en línea especializada en ego y neurodiversidad (en especial en sensibilidades energéticas y espirituales). En cierta forma, creé lo que hubiera necesitado esa niña de 13 años perdida.
Esto ayudó a muchas personas no solo a entender cómo funcionaban su mente, sus emociones y su identidad, sino también a escuchar los síntomas de no sentirse suficiente, de la sobreestimulación y de la tristeza, para que no se sintieran víctimas ni atrapadas en un cuerpo roto, sino que pudieran navegarlo con las bases del budismo secular, el saber indígena (porque tengo raíces indígenas de Venezuela), la psicología y los fundamentos de la salud intestino-cerebro.
Pasaron de sobrepensar y estar abrumadas con las tareas del día a día a poder regular sus emociones, meditar para canalizar sus deseos y relacionarse con los demás de una forma auténtica y abierta.
También lancé un podcast pago con más de 600 miembros pagando y creé una clínica virtual con 10 profesionales de la salud, la mayoría de los cuales hoy tienen sus propios equipos.
Después, en diciembre de 2019, nació mi segundo hijo.
En 2020, mientras avanzaba la pandemia, me quedé sin las cosas que me regulaban: las caminatas, las galerías de arte y mi comunidad de mamás.
Mi cuerpo también cambió, y me volví una mujer de cuerpo más grande. Mientras yo animaba a otras mujeres a tratarse con compasión, unas figuras públicas empezaron a usar mi foto como ejemplo de “falta de disciplina” o de “dejarse ir”.
Cometí el error de responder, y lo único que logré fue distraerme de mi misión y buscarme más peo. Me di cuenta de que había caído en una especie de activismo desregulado, movido por la frustración y no por el propósito, y en el camino perdí la sensación de seguridad que Instagram me había dado desde 2015.
Así que borré mi cuenta de más de 50.000 seguidores y empecé otra vez.
Esta vez me enfoqué en salud mental y alto rendimiento minimalista, ayudando a otras personas a aumentar sus ingresos, su libertad de tiempo y su foco. No escondí mi cuerpo, pero tampoco sentí la necesidad de explicarlo. En vez de eso, viví mi trabajo: enseñando con el ejemplo, el propósito y la alineación.
Me hice viral. Varias veces. Construí una comunidad de más de 60.000 seguidores y escribo correos diarios sobre minimalismo, psicología del dinero y salud mental para CEOs y fundadoras de alto rendimiento, para que puedan prevenir o salir del burnout, la ansiedad o la sensación de estar perdidas. Miles de personas los leen todos los días, como parte de su rutina, para aterrizarse en el hábito de un bienestar funcional e integrativo.
He creado y vendido más de 100 programas digitales sobre salud mental, psicología del dinero y emprendimiento minimalista, y he trabajado con más de 1.800 clientas privadas.
Yo no salí a construir una empresa.
Pero era inevitable.
Porque en el fondo esto nunca fue por popularidad ni por likes. Era por recuperar mi espacio. Por darle un micrófono a esa niña superdotada que se pasó la vida disimulando, y la libertad de por fin ocupar su lugar. Y en eso sentí unas ganas incontrolables de compartirlo con otras personas y ayudarlas a recuperar su propia voz.
Capítulo 07
Con raíz en la ciencia y en el alma
El minimalismo, la psicología del rendimiento y la regulación del sistema nervioso no son modas: son herramientas para liberarte.
El desorden físico y mental, y las decisiones que tomas desde no sentirte suficiente o desde tener que esconder partes de ti que quieren ser escuchadas, le quitan a tu cerebro capacidad para enfocarse y procesar información, incluidas las emociones.
En cambio, vivir con propósito se nota en el cerebro. En un estudio de la Universidad de Pennsylvania y Harvard (Kang y colegas, 2019), las personas con más propósito mostraron menos conflicto en el cerebro al tomar decisiones de salud. Y en otro con 624 adultos, con investigadores de Harvard Medical School (Abellaneda-Pérez y colegas, Alzheimer’s Research & Therapy, 2023), quienes tenían más propósito mostraban mejor conexión entre las redes del cerebro ligadas a la memoria y a la función ejecutiva.
¿Y el eje intestino-cerebro? No solo es real: es tu segundo cerebro. La microbiota intestinal influye directamente en el ánimo, en cómo piensas y hasta en cómo tomas decisiones. Un intestino sano te ayuda a enfocarte y a aguantar el estrés; uno inflamado hace lo contrario.
El resultado es que cuando ordenas tu cabeza, tu espacio y tus relaciones, no te haces más pequeña. Haces espacio para crecer.
Eso fue lo que hice yo.
Y si alguna vez te has sentido demasiado intensa, demasiado rara, demasiado rota o demasiado atrasada, a lo mejor eres justo la que tiene que liderar.
Que tu historia se oiga duro.
Conectemos